Te pido Perdón Jaén
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Cuando los sesgos condicionan tu SER y tu HACER

Por Vanessa Gil
29 de octubre 2026
Me enamoré.
18 años, mi primer año en la universidad, dos filas por delante de mí se sentaba él. Un chico con una personalidad arrolladora, y desde luego, fue arrolladora en el más amplio sentido de la palabra. Era de Jaén. Me enamoré de su acento, de su carisma, de su madurez pues tenía dos años más que yo y muchas vivencias que personalmente habiendo vivido en la burbuja de cristal de mi familia me parecían de lo más atractivas.
Nuestro primer viaje, a su tierra; Jaén. Yo feliz, en mi nube de algodón, visité la ciudad como el que visita un sueño en ese estado de duermevela donde los colores no son nítidos, la pesadez corporal es una constante y la sensación narcotizada te hace estar entre el placer y la presencia.
Un año después de ese viaje, esa personalidad arrolladora me atropelló y con ella, miles de recuerdos se agolparon en mi consciencia. Lo que antes era poco nítido, cobraba vida, forma y materia en cada una de mis reminiscencias. Y entre todas ellas, apareció lo vivido en Jaén. Cuando lo edulcorado de la memoria romántica se difumina para dejar paso a la realidad más cruenta, te llenas de emociones; te llenas de rabia, frustración, vergüenza y tristeza. Y estas emociones embadurnaron con hiel una ciudad que poco o nada tenía que ver con la ruptura de mi corazón pero que, sin duda, esa ciudad, ese castillo, esa catedral habían sido testigos de un amor hecho trizas.
Y ¿qué pasó a partir de entonces con Jaén? Pues que me convertí en la mejor promotora del anti-turismo jienense. Cuando alguien de muy buena gana me hablaba de conocer esa ciudad andaluza, capital de provincia, yo contestaba algo como:
“¿Jaén? ¿qué se te ha perdido en Jaén? Es lo más feo de España, ¿qué tiene? ¿50 millones de olivos y un castillo?”
Y como si hubiera dicho la verdad más profunda de la tierra me quedaba tan ancha ante tales improperios.
Años después, llegó a mi vida una señora, nacida en Jaén, casada en Jaén y con un arraigo profundo a la tierra que la vio palpitar sus primeras vivencias. Esa señora, que a sus setenta y tantos años, es capaz de ver más allá de sesgos, máscaras y etiquetas que solo profanan la cultura y la apertura de mente, me tendió la mano y me invitó a revivir su ciudad.
Me atrapó la majestuosidad de esa original Catedral con balcones, las estrellas de la techumbre de sus Baños Árabes me encendieron fácilmente la imaginación que veloz fue capaz de viajar a otras vidas y las vistas desde su Castillo como fortaleza centenaria que propugna con honor su inmunidad, me hicieron sentir errada y con ello me puse a reflexionar…
Años y años promulgando mi desagrado por Jaén, dice más de mí que de esa maravillosa ciudad. Dice que estoy subyugada a un sesgo, que no es otra cosa que un juicio inexacto que condiciona mi forma de ver el mundo y me aleja de lo próximo a la objetividad.
¿Cuántos sesgos están presentes en mi día a día? ¿Cuántas etiquetas de forma gratuita coloco a las personas que están a mi alrededor? ¿Cuánto me beneficia mirar la vida desde los juicios que yo sola me he ido creando por esa mochila de vivencias, de educación, de relaciones…?
¿Cuánto con ello, condiciono al que está delante?
Jaén es un ejemplo, pero hoy más que nunca donde todo está polarizado, donde si eres de una etiqueta, un bando, un color, va a determinar mucho la relación que tenga con esa persona, es muy posible que nos perdamos una infinidad de matices. Es muy probable que nuestra empatía, esté al servicio de si eres de los míos o estás contra mí. Y ahí es donde nuestra capacidad de raciocinio se desvincula de la escucha, de la curiosidad, del querer entender más allá de lo que yo creo saber. De poder tener la valentía de errar y cuestionar mi propia sabiduría, que es como un río, y todos sabemos que “nadie se baña dos veces en el mismo río”, y estar abierto a que esa ciudad, esa persona, ese colaborador, ese departamento puedan ser y hacer muchas más cosas de las que yo imaginaba en mi tierna ignorancia.
Perdón Jaén, por haber vivido en la ceguera de Saramago y gracias Jaén por abrirme los ojos y dejarme mirarte desde otra luz, otra perspectiva, otra gracia.
Y para ti ¿Cuál es tu Jaén?, ¿Qué sesgo te apetece cuestionar?, ¿Qué ganas con ello?